29/3/09

LA CANCIÓN...

DE LA ESPERANZA.

Hace algún tiempo leí unos versos cuyo título del poema es “El sembrador”. El poeta aconseja sembrar, siempre sembrar. Ese ha sido el consejo que a mi vez le he transmitido siempre a mis alumnos: ¡Hay que sembrar! Hay que preparar la tierra para que amorosa recoja la simiente y para que ésta en su oportunidad rinda las mieses.

Se siembra en el campo con la esperanza de que el fruto del honrado trabajo tenga con la bendición de la lluvia la sorpresa de la fertilidad y asombre a la alborada con la verde cosecha coronada de luz y que el ritmo del viento sea una canción de amor y de ilusiones ciertas.

Se siembra en la fábrica a puño de cincel y de martillo, timbrando la fuerza del impulso vital de los obreros que hacen de la faena diaria el rito gozoso de la distribución de tareas socialmente útiles.

Se siembra en la oficina cuando se trabaja con amor, cuando el trabajo luce y cuando la alegría aflora en esa comunicación de corazones que saben compartir actividades responsables y positivas.

Se siembra en la escuela cuando el maestro de vocación desbroza senderos y orienta y comprende y conduce y se identifica con sus alumnos.

Todos los hombres del mundo debiéramos ser sembradores permanentes de dicha, de amor, de ternura y de luces para el porvenir.

¡Ay! Pero qué triste, qué lamentable, qué frustrante es encontrar cual árboles secos, sin alientos, desfallecientes, ciegos de espíritu a quienes a las márgenes del camino de los sembradores, viven muriendo en una quietud sin esperanza, en un lastimero y resignado conformismo, en un esperar que otros realicen la tarea a ellos asignadas. Ese vivir es un vivir de bruces, sin dar la cara a la realidad.

¡Ay!, qué doloroso es contemplar a gente fuerte, sana, joven, dilapidar su tiempo de ensoñaciones en fuegos fatuos, artificiales, en los que el “no ser” lanza frágiles destellos de efímera admiración por la nada que nada construye y que sí en cambio todo lo desmorona y destruye.

Los sembradores de siempre, abrimos al alba nuestros ojos emocionados ante la luz del día, sonreímos al contacto con los honores que a la naturaleza les hacen los trinos silvestres, el viento, la lluvia o el sol que infatigable acompaña a depositar los granos de felicidad inmarcesibles.

Nosotros no lloraremos mañana. A la hora del crepúsculo, cuando los últimos rayos del sol se oculten en el horizonte y la noche con su tocado de viuda nos anuncie la muerte del día, elevaremos nuestros ojos al infinito para cargar nuestras almas de luceros que nos harán sentir que somos, que existimos y que algo de nosotros se ha quedado allí por donde hemos pasado en nuestra infatigable tarea de sembradores.

Los resignados, los apáticos, los egoístas, los avaros de sentimientos, los incapaces de dar, de aportar, ciegos de espíritu hacia el porvenir, mañana llorarán. Ese llanto no será del crepúsculo. Tampoco de la aurora, mucho menos clamor de compasión.

El mar es lejanía, pero el cielo también. La luz es bendición de Dios y la siembra siempre será la canción de la esperanza.